LITERATURA DEL DESCUBRIMIENTO, LA CONQUISTA Y LA COLONIA EN HISPANOAMÉRICA

22 mayo, 2010 at 10:02 PM (Sin categoría)

Contexto histórico

A partir del año 1500 d.C. un puñado de europeos tomó posesión de un territorio cinco veces más grande que Europa y que con sus 40 millones de hombres poseía dos veces el número de habitantes de Europa Occidental. Este inmenso continente albergaba culturas diversas, pueblos con estructuras políticas y económicas altamente desarrolladas y un territorio con una geografía poblada de selvas, montañas, valles fértiles, zonas insulares, territorios desérticos, etc.

Aunque Colón llegó a América en 1492, solo a partir de 1519 se inició la conquista de los territorios continentales. Hasta entonces los españoles habían encontrado en las Antillas pueblos dispersos que no habían presentado mayor oposición. En 1508 la explotación de las Antillas entró en crisis y fue necesario emprender nuevas campañas. Ya en 1517 los españoles tuvieron noticias de la existencia de un gran imperio en donde abundaban el oro y la plata. La conquista de México se llevó a cabo en el lapso brevísimo de dos años, entre 1519 y 1521, en una campaña en la que las pugnas entre aztecas y tlaxcaltecas fueron aprovechadas a favor de los españoles. Desde México, el propio Hernán Cortés organizó la conquista de más territorios, que se inició en Guatemala, Honduras y Nicaragua y llegó hasta Castilla de oro en las costas de Colombia y Venezuela.

Otro conquistador pionero, Álvaro Núñez – cabeza de vaca-,  atravesó el sur de EEUU desde la Florida hasta California. La conquista del Perú se inició dos años más tarde desde Panamá, donde se alimentaban las historias fabulosas del Dorado. Los rumores de la existencia de un imperio tanto o más rico que el de México alertaron a las expediciones de Almagro y Pizarro. En 1532 Pizarro hizo prisionero al Inca Atahualpa. Después de numerosas guerras civiles, rebeliones y pugnas entre los propios españoles, el territorio fue dominado hacia 1542.

Al llegar el siglo XVI, los hombres que de España y Portugal habían llegado a América y se habían arraigado allí ya no eran los mismos; tampoco los nativos, quienes habían recibido la influencia de los europeos y aprendido otra lengua pero que fueron obligados a aceptar los parámetros culturales y sociales impuestos por la metrópoli.

Muy pronto esta nueva sociedad tuvo conciencia de su diferencia. La rivalidad evidente entre los portugueses y españoles que cruzaban o el mar y los criollos o indianos nacidos en suelo americano, así fueran de padres europeos se prolongó hasta los tiempos de la independencia, dos siglos más tarde; igualmente la contienda entre criollos y mestizos.

Con el paso de los años y en la medida en que las primeras fundaciones se convirtieron en ciudades y las capitanías en provincias o reinos, el ímpetu aventurero cedió su lugar a un orden de dominación que conocemos como colonial que perduró por más de dos siglos (1550 – 1810)

Durante este largo periodo el propósito fundamental de la corona española se encaminó a defender la religión católica y a sacar provecho económico de sus colonias. Las aldeas se trasformaron en ciudades florecientes y se asentó el régimen tradicional que conocemos hasta nuestros días: el de la desigualdad social entre la burguesía urbana blanca o mestiza y las comunidades aborígenes condenadas a la desaparición o a ser asimiladas como esclavos.

Los aborígenes fueron asignados para trabajar en las tierras del encomendero y los negros fueron traídos de África para laborar arduamente en las minas. Este encuentro de culturas dio como resultado el mestizaje nuestro principal rasgo cultural.

El Movimiento Literario

Las crónicas: historia y literatura

Colón en su “Diario Del Primer Viaje” deja ver fácilmente cómo su imaginación se deja arrastrar por el mundo que observa: “La mar llana como un río y los aires los mejores del mundo… el cantar de los pájaros es tal que parecen que  nunca se querría partir de aquí, y las manadas de papagayos oscurecen el sol”. La misma imagen de la naturaleza desbordante se ofrece en la carta que Américo de Vespuccio dirigió a Lorenzo de Medici en 1500: “Los árboles son de tanta belleza y tanta blandura que nos sentíamos estar en el paraíso terrenal, y ninguno de aquellos árboles ni sus frutos tenían semejanza con los de estas partes, y por el río vimos muchas clases de peces de variadas formas”.

En muchos de los relatos de esa época predomina la exaltación frente a la exuberancia del ambiente natural: se habla de playas llenas de perlas, de la infinita variedad de árboles y animales, que para los españoles resultaba difícil de comparar con lo que conocían  y, por tanto, solo podían referirse a ella en tono hiperbólico o exagerado.

“Yo seguí la parte del setentrion, así como de la Juana, al oriente ciento é ochenta y ocho grandes leguas, por linea recta, la cual y todas las otras son fertilísimas en demasiado grado, y ésta en extremo: en ella hay muchos puertos en la costa de la mar sin comparación de otros que yo sepa en cristianos, y farto rios y buenos y grandes que es maravilla: las tierras della son altas y en ella muy buenas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Teneryfe, todas fermosísimas, de mil fechuras, y todas andables y llenas de árboles de mil maneras y altas, y parecen que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la foja, segun lo pude comprender, que los vi tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España. Y dellos estaban floridos, dellos con fruto, y dellos en otro término, segun es su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pajaritos de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o de ocho maneras, que es admiración verlas, por la diformidad fermosa dellas, mas así como los otros árboles y frutos é yerbas: en ella hay pinares á maravilla, é hay campiñas grandísimas, é hay miel, y de muchas maneras de aves y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales é hay gente in estimable número”

En la literatura moderna(siglo XX)  latinoamericana esta hipérbole originada por la magia de la realidad americana, dio lugar a “lo real maravilloso”, tema esencial en escritores latinoamericanos como Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Miguel Ángel Asturias; quienes han convertido este tópico en uno de los rasgos más extraordinarios de su novelística.

Soldados que luego se hicieron historiadores

De las crónicas de los soldados que llegaron a América surgieron las imágenes de un nuevo mundo, extraordinarias y prodigiosas, llenas de paisajes nunca vistos. En estos textos, cuyo valor es histórico y al mismo tiempo literario, se habla por primera vez del paisaje americano. Para registrar las primeras imágenes del nuevo continente, se tuvieron que adoptar nuevas palabras al castellano para describir fenómenos nunca antes vistos, como los “huracanes” las “guacamayas” las “papayas” y las “chirimoyas”. La mayoría de los descubridores y conquistadores eran gente inculta; muchos soldados eran analfabetos e incluso reclutados en las cárceles, o aventureros o vagabundos que no tenían otra alternativa que lanzarse a la suerte en un mundo desconocido. Pero también había hombres cultos – letrados – algún fraile daba a registrar lo que veía como el misionero Fray Bartolomé de las Casas. Así surgieron las crónicas del descubrimiento y la conquista.

La crónica es un género vinculado a la historia que tiene como objeto registrar día tras día (diario) año tras año (anuario) y década tras década (décadas) lo que sucede período por período con la mayor exactitud y objetividad posibles.

Entre la realidad y el asombro

Pero si las crónicas fueran relatos totalmente objetivos no serían textos tan maravillosos. En realidad, los españoles estaban frente a un mundo nuevo, inédito, pues cada cosa que veían era prodigiosa en extremo. Este horizonte naciente pleno de fantasías y milagros, cegó no solo a sus descubridores sino a los ávidos lectores que en Europa esperaban noticias de los recientes hallazgos.

Existen dos tipos de crónicas: las que fueron escritas por los soldados y descubridores, quienes relataron lo que vieron y padecieron; y las escritas por los eruditos europeos, quienes las redactaron a partir de lo que leían e imaginaban. Éstos eran más famosos en Europa que los auténticos aventureros cuyas obras se perdieron o se publicaron varios siglos después. Por ejemplo, la obra de Bartolomé de las Casas fue publicada hasta el siglo XIX; mientras que las cartas de Vespuccio fueron publicadas en italiano en 1504, inmediatamente después de su escritura.

Dos importantes cronistas

En 1552, Francisco López de Gómara  publicó Historia De las Indias y Conquista de México. El libro llegó a manos de un soldado que montó en ira al leer lo que otro escribía “de oídas”, entonces este soldado, llamado Bernal Díaz del Castillo, a sus 86 años comenzó a escribir La Verdadera Historia De La Conquista De La Nueva España, considerada la mejor obra escrita en esos tiempos, por su espontaneidad, por la fresca descripción de los ámbitos y detalles de sus vivencias.

Otro gran cronista fue un mestizo, un antiguo príncipe inca convertido después en reposado erudito cordobés: el inca Garcilaso de la Vega. En sus famosos comentarios reales  relata los episodios del reino de los incas, desde la fundación del Cuzco hasta las guerras civiles y la dominación final por parte de los españoles. Una de las mejores crónicas de indias es su obra Historia de la Conquista de la Florida. El inca era hijo de un capitán español y de una nieta del antiguo monarca Tupac Yupanqui. Su formación era la de un escolar renacentista, influido de platonismo y utopía, pero que sabía de memoria las historias míticas de su pueblo.

Lo real maravilloso

La mayoría de las crónicas fueron escritas por hombres supersticiosos, ignorantes, perplejos ante el mundo y las empresas que acometían. Balboa, Cortés, Pizarro, Quesada, De Soto, Belalcázar, Valdivia, Mendoza, fueron, gracias a su temeridad, convertidos en los héroes de estas gestas. Subieron a los andes dos veces más altos que los Alpes europeos, alucinando en la búsqueda de países colmados de oro y cruzando selvas ignoradas que, en su imaginación estaban pobladas de enanos y gigantes. Muchas expediciones que no naufragaron en el atlántico, fueron devoradas por las selvas y los montes interminables.

Una de las obras más prodigiosas que hablan de este paraíso es El Sumario De La Natural Historia De Las Indias del autor Gonzalo Fernández de Oviedo, quien la obsequió al emperador Carlos V en 1526. Esta es una obra fresca, ingenua y espontánea en la que abunda el sincero realismo en medio de las más extraordinarias maravillas.

La crónica de la destrucción

No todas las crónicas hablan de un universo fabuloso. Hay algunas en las que de manera muy lúcida se denuncia la destrucción del nuevo mundo. En breves años comarcas enteras fueron asoladas y pueblos nativos fueron exterminados. Los españoles no solo trajeron el látigo, las armas de fuego y la sed de oro, sino también enfermedades desconocidas para los nativos como la viruela y la sífilis. En algunas regiones como en la Patagonia, los indígenas acostumbrados a su desnudez fueron obligados a llevar prendas que al mantenerse húmedas les causaron pulmonía, enfermedad que diezmo su población al mínimo. Uno de los textos clásicos que denuncia esta tragedia étnica fue escrito por el fraile español Fray Bartolomé de las Casas. Desafortunadamente, la solución que dio el fraile al rey de España para proteger a la población indígena fue tan lamentable como el mismo problema: Reemplazar a los indios por esclavos africanos.

Bartolomé de las Casas (Sevilla 1474-Madrid 1566):

Fragmento de la obra Brevísima relación de la destrucción de Indias

“No y mil veces no, ¡paz en todas partes y para todos los hombres, paz sin diferencia de raza! Sólo existe un Dios, único y verdadero para todos los pueblos, indios, paganos, griegos y bárbaros. Por todos sufrió muerte y suplicio. Podéis estar seguros de que la conquista de estos territorios de ultramar fue una injusticia. ¡Os comportáis como los tiranos! Habéis procedido con violencia, lo habéis cubierto todo de sangre y fuego y habéis hecho esclavos, habéis ganado grandes botines y habéis robado la vida y la tierra a unos hombres que vivían aquí pacíficamente… ¿Creéis que Dios tiene preferencias por unos pueblos sobre los demás? ¿Creéis que a vosotros os ha favorecido con algo más que aquello que la generosa naturaleza concede a todos? ¿Acaso sería justo que todas las gracias del cielo y todos los tesoros de la tierra sólo a vosotros estuvieran destinados?” [...]  “Yo creía que los negros eran más resistentes que los indios, que yo veía morir por las calles, y pretendía evitar con un sufrimiento menor otro más grande”… Su proyecto había sido “un error y una culpa imperdonable, que era contra toda ley y toda fe, que era en verdad cosa merecedora de gran condenación el cazar a los negros en las costas de Guinea como si fueran animales salvajes, meterlos en los barcos, transportarlos a las Indias Occidentales y tratarlos allí como se hacía todos los días y a cada momento”. […]“en estas ovejas mansas… entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, e hoy en este día lo hacen, sino despedazallas, matallas, angustiallas, afligillas, atormentallas, y destruillas por las extrañas y nuevas y varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad.” [...]  “todo el oro, plata, piedras preciosas, perlas, joyas, gemas y todo otro metal y objeto precioso de debajo de la tierra, o del agua o de la superficie que los españoles tuvieron desde tiempo en que se descubrió aquel mundo hasta hoy, salvo lo que los indígenas… concedieron a estos en donación o gratuitamente o por razones de permutación en algunos lugares voluntariamente, fue robado todo, injustamente usurpado y perversamente arrebatado; y, por consiguiente, los españoles cometieron hurto o robo que estuvo y está sujeto a restitución”. (De las Casas. De Thesauris. 1563)

 

BIBLIOGRAFÍA

Riveros Grajales, Manuel Neftalí (1999). Español y Literatura 8º. Bogotá: Editorial Santillana siglo XXI,  p. 256

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